miércoles, 26 de marzo de 2008

EL TRABAJO DE CAMPO ES LA MEJOR TERAPIA


Esta es una de las conclusiones más iluminadas a las que he llegado hasta ahora (y debo admitir que no hay muchas más): El trabajo de campo es la mejor terapia para todo mal. Y por mal me refiero a traumas, miedos, complejos, exceso de comodidades, vergüenzas.

Hay que admitir que todos tenemos mas que un talón, varios talones de Aquiles y que esta existencia es una lucha constante para eliminar todos esos males.

¿Miedo a la oscuridad? Si, claro, mucha gente tiene miedo a la oscuridad y me incluyo en ese grupo.

Yo tengo un miedo ancestral y primario a la oscuridad y creo saber bastante bien el origen de ese miedo. Solo vayan a este link (http://taquicardiataquicardia.blogspot.com/2007/05/el-viejo-enterrador-de-la-comarca.html) donde mi adorada y reveladora R. narra con destreza y detalle esas absurdas, intoxicantes y adictivas noches de terror casero que mi papa nos ofrecía y que nosotros disfrutábamos como cerdo en fango (será que los cerdos disfrutan en el fango no?). El precio de esas noches de stress infantil es que a mi no me gusta la oscuridad, para nada. Y a R. tampoco.

Pero entonces viene lo paradójico de esta existencia. Cuando tu primer trabajo de campo es en un lugar que no tiene luz artificial y luego cuando tus subsiguientes trabajos de campo implican que hagas caminatas de 8pm-4am sin prender la linterna, buscando tortugas, muchas veces (quizá demasiadas) sin compañía y en una playa donde todo, absolutamente todo, parece ser algo vivo. Y entonces vienen a mi mente las innumerables películas de terror que veía de pequeña y no-tan pequeña, todas las historias de mi viejo y las infaltables leyendas urbanas, que aunque mucho caso no les hice, en un lugar donde la visibilidad es de 10 cm., la verdad que hacen mella.

Eso mas el hecho de que a mis compañeros de salidas les encantaba asustar a la gente con pequeñas bromillas inocentes y dóciles. Por ejemplo, enterrar un brazo de maniquí para que se vea la mano y la muñeca saliendo de la arena. O caminar entre la vegetación bordeando la playa para aparecer súbitamente en frente con un grito desgarrador que encrespa hasta los pelos de la nuca. ¡Que lindos!!!

Algunos colegas siempre decían: ¡Uy! Nada mejor que caminar solo en la noche para meditar y disfrutar de la soledad. (¿?!!) ¡Loco! ¡Que absurdo! Que, ¿nunca te asustaron por la noche? ¿Meditar y disfrutar? Las dos únicas actividades a lo que a mi se refiere son temblar y tratar de desparalizarme. Si, quizás también hay un poco de meditación trascendental sobre los QUE y los PORQUE existenciales: ¿Soy yo una absoluta imbecil? Y ¿Porque demonios estoy aquí en plena oscuridad?

Recuerdo muchas historias, algunas memorables, donde mi miedo a la oscuridad se exacerbo tanto que no podía pensar con claridad y cualquier decisión tomada en ese momento sonó a total disparate al día siguiente ya con el sol sobre la cabeza. Recuerdo, por ejemplo, una noche en un campamento base durante una expedición a un Parque Nacional en Perú. Yo había llegado esa tarde a reunirme con el resto de Biólogos y habíamos estado bebiendo unas copas de glorioso Pisco dentro de una carpa mientras monitoreabamos como aumentaba la temperatura ambiental al interior…(clásico de Biólogos). Al final del experimento termo-alcoholico nos dimos las buenas noches y nos repartimos a las respectivas carpas hasta el día siguiente.

A mitad de la noche me desperte con unas ganas locas de ir al baño. Dado que todos estaban durmiendo y no había ni siquiera luz de luna afuera, decidí aguantarme y obligarme a dormir. Subitamente, vuelvo a abrir los ojos y miro el reloj: ¡Solo 5 minutos habían pasado! y yo tratando de controlarme. Cierro los ojos. Vuelvo a abrirlos 15 minutos después. ¡¡¿Que?!!...había que tomar una decisión radical.

Saque la cabeza por entre la cremallera de la carpa. Afuera se apretaban todos los matices de oscuridad: medio oscuro, oscuro, oscurazo, cero-luz. Pensé: no hay forma que yo saque una patita fuera de este mi refugio de vida (la carpa). Y ahí, en medio de una seria diatriba fisiológicamente influenciada no se me ocurrió mejor cosa que usar unas bolsas (ojo, sin hueco) para depositar el líquido elemento salino. 2 minutos después y luego de mil malabares dentro de la carpa, dos bolsas de un litro fueron llenadas a casi total capacidad y bien ataditas. Como no podía dejarlas afuera de la carpa (quien sabe que criatura se acercaría) decidí darles mejor uso y las puse a mis pies que ya a esa altura debían de estar congelados con los 2ºC que había en el ambiente. Y me volvi a dormir. Esta vez placida y profundamente hasta que amanecio. Esa es la historia. Algunos no la creen, otros si. Pero es cierta. Cosas así me pasan todo el tiempo y por eso me sigo exponiendo a situaciones de extrema oscuridad para ir venciendo mis demonios internos (y de paso buscar soluciones a toda situacion).

En fin, debo decir, que años de trabajo de campo han tenido un efecto cuasi sanador en mí. No como una imposición de manos al estilo secta pero mas bien como una larga terapia al estilo niuyorkino. Claro que aun le tengo miedo a la oscuridad, pero trato de llevar con dignidad mis treinta y ser una adulta "madura", "lógica", y "racional" a la hora de enfrentarme a mis demonios escondidos en lo oscuro de la noche. Eso si, siempre van a escuchar de mi: ¿Por qué yo?, que vaya otro pues… no vale…

Eso si, que lo digo con madurez no hay duda.

Ahora, esto no se compara en lo más mínimo con mi terror por la falta de un baño, o peor aun, por la presencia de un baño malogrado. El miedo a la oscuridad es "chancay de a veinte" como diríamos en Perú, comparado con lo otro. ¿Pero quien quiere escuchar de baños ahora?

Yo no, me tengo que ir a casa, es tarde y el sol esta cayendo…

(Dibujo de MICHAEL GAGNE)

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